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Kenbeo kenmaro. Blog sobre ciclismo

Blog sobre ciclismo

28 de abril de 2008

una semana en las Árdenas

Amstel Gold Race. dos carreras. mejor dicho, una carrera de doce kilómetros con un eterno preludio de 245 kilómetros. al Keuteberg, el inabordable muro que llega al 22% y que está situado a doce kilómetros de la meta, llegó un pelotón exagerado, excesivo. el grano y la paja todo junto. probablemente, de no haber mediado su salvaje orografía, habríamos visto llegar a más de veinte corredores con posibilidades reales de disputar la victoria final en el Cauberg dando tiempo a un séquito cercano al centenar de ciclistas. una inesperada volata, sin duda, una Milán-San Remo en los bosques del norte de Europa. tal vez sea momento de sepultar el pinganillo, como concepto, para siempre. que sobreviva el instrumento pero que desaparezca el miedo, la precaución. que nos devuelvan la locura y la improvisación.

pero para eso hasta el Keuteberg. para que nadie gane en Valkenburg por “accidente”. allí, sepultó sus opciones Óscar Freire, por ejemplo, que de haber salvado semejante escollo, hubiera sido el favorito número uno doce kilómetros más tarde. si lo salvó Alejandro Valverde. y el Purito, su tercera pierna en estas carreras, el que siempre está ahí, la mano que llega donde no llega la de Alejandro. CSC también metió a dos corredores, Kroon y Schleck, pero ya parece norma que cuando en un grupo pequeño está Valverde, la responsabilidad sea suya, la naturaleza misma de la carrera dicta que la victoria es del murciano y que la lucha es por arrebatarle aquello que le pertenece. con Cunego, Dekker y Rebellin, como principales amenazas, Joaquím Rodríguez asumió el mando del grupo y controló cualquier atisbo de amenaza. dio tanta sensación de poderío en el desempeño de sus funciones que dejó la duda de si hubiera sido capaz de sacar a todos de rueda en el Cauberg, de haberse guardado algo para él. nunca lo sabremos, como no sabremos que habría pasado si Valverde hubiese elegido la rueda de Schleck o Cunego cuando el sprint se lanzó. un sprint pesado, denso, sobre unas rampas que tiraban de la bici hacia el centro de la tierra. Valverde se colgó de Rebellin y Rebellin no pudo seguir el acelerón de Schleck. Cunego sí y le dio tiempo a sobrepasarle para cruzar, brazos en alto, dedos al cielo, la meta. Schleck detrás con su cara de resignación y sus rodillas rozando una contra la otra por encima del cuadro. y Valverde tercero, por delante de su rueda, Rebellin. el primer español en el podio de Valkenburg y sin embargo una especie de sabor agridulce que esconde una duda: ¿por qué Valverde parece obligado a ganar lo que nunca ha ganado nadie o lo que él no ha sido capaz de ganar? ¿por qué Valverde tiene que ganar Tour, Vuelta, Mundial, Lieja, Amstel... y si no lo hace es que algo falla?

Flecha Valona. la Flecha Valona es el muro de Huy y el muro de Huy es la sublimación del sentido último de estas carreras de abril, de este viaje por carreteras estrechas en continuo desnivel donde los tramos llanos son una quimera y las autovías un sueño imposible. Huy es un muro de algo más de un kilómetro con rampas que llegan al 26% en la zona de la “chicane”. Huy es absurdo. como Arenberg o el Kapelmuur. como cualquier lugar intransitable para una mente sana. por fortuna, aun quedan mucha locura transformada en tradición irrenunciable.

como estas carreras son de la primavera uno nunca sabe que cielo se va a encontrar cuando despunte el día. en Charleroi amaneció gris y lluvioso. como en Flandes. como soñamos el día de Roubaix. y al final, esto, las nubes, el frío, el agua, condicionó a más de uno.

la carrera, su desarrollo, ha sido mil veces contado porque reproduce fielmente el esquema "actores secundarios en busca de gloria-permiso para trastear-se acabó el juego-es tiempo de los mayores”, o lo que es lo mismo, los equipos de los “patrones” de la carrera permiten una escapada a la que controlan en la distancia, como la madre que vigila al niño en el parque, desde su banco, rodeada de otras madres. cuando es momento de volver a casa, se recogen los trastos, la madre coge de la mano al niño y lo sube a casa en contra de su voluntad juguetona. ya no les dejan jugar más a héroes. en la Flecha Valona, el muro de Huy es la hora de los mayores, cuando los niños duermen. este año el más grande de los mayores fue Kirchen, un luxemburgués con aspecto de gladiador que se sirvió del inagotable afán de lucha de Evans para dar su golpe mortal a doscientos metros de meta. antes, Wegmann había sido cazado poco después de cruzar bajo la puerta hinchable del triangulo rojo que anuncia el último kilómetro en el ciclismo moderno. Cunego y Rebellin, dos de los favoritos a todo en esta semana, secundaron a los protagonistas del kilómetro más largo. el ganador de la Amstel completó el podio. si alguien pregunta por los españoles, dicen que les bloqueó el frío. para un murciano, imagino, un día así sólo invita al pijama, al sofá y al café. lo de ganar clásicas centenarias queda para los días de sol.

Lieja-Bastoña-Lieja. hace 116 años, Léon Houa, un belga nacido en 1867, ganaba la primera edición de esta carrera. repitió en 1893 y 1894. del mundo tal y como era hace dos siglos, queda poco. La Lieja es una de esas pocas cosas. de hecho, en el mundo del ciclismo, no queda nada más antiguo. por eso es La Decana, La Doyenne. hasta hace dos años, ningún español había sido capaz de vencer en el muro de Ans. en 114 años, nada. en 2006 Valverde fue el más rápido en un selecto grupo de clasicómanos. Bettini, Cunego, Di Luca, Schleck, Boogerd... todos por detrás, todos más lentos.

el año pasado volvió con la victoria como obsesión. había centrado parte de la temporada en este inmenso tríptico y había gastado las balas de Amstel y Flecha Valona, sin sacar rédito. una bala para media temporada. entonces, otro domingo como éste, Di Luca, el italiano que dominó el Giro con mano de hierro dos semanas más tarde, aprovechó el marcaje al que Valverde era sometido para conseguir su primera victoria, su tercer podio en una semana mágica. Alejandro fue segundo y otra vez la inexplicable sensación de fracaso en el ambiente.

probablemente Valverde aprendió el año pasado, en las Árdenas, a perder. y a ganar. porque Valverde había ganado siempre con tanta facilidad que nunca había tenido que emplear la táctica. simplemente era el más fuerte cuando había que decidir quién ganaba. de ahí lo de Balaverde. en La Lieja de este año Valverde se ha examinado. todo el año estudiando para un examen final con aroma de selectividad, de reválida definitiva. primero dejó que otros se moviesen para cazar al Purito cuando éste arrancó, no se sabe si tras el pequeño Schleck o amedrentando al inefable Bettini, heroico como siempre pero corto de forma. luego, cuando vio que Cunego y Evans, empollones que sólo se presentaban para subir nota, querían pero no podían, saltó tras Schleck, el mayor, y Rebellin, tan elogiable como Bettini pero con mucho menos carisma. los cazó y desde ese momento, la película cambió. “al hermano mayor siempre se le hace caso” comentaba Carlos de Andrés en la tele al ver como Fränk “sacrificaba” a su hermano pequeño. el Purito se descolgó lo que, paradójicamente, le dio una ventaja táctica a Valverde, ya que la responsabilidad pasaba a ser completamente de CSC. a San Nicolás, la cota de los italianos, llegaba Andy con escasos 10” de ventaja que Rebellin sobre todo, fue descontando. exhausto, el pequeño Schleck ni siquiera pudo coronar con los otros tres.

...y llegaron a Ans. el Fuerte, el Listo y el Rápido. como en los mejores western. como en el final de “El bueno, el feo y el malo”. Rebellin en cabeza. Schleck detrás. y Valverde, enseñado, como un titiritero con todos los hilos colgando de sus dedos, encerraba a los dos contra la acera, imposible arrancar sin su consentimiento. a Franck le abría la puerta y luego se la cerraba. Rebellin no tenía plan B. a doscientos metros de meta, el murciano se irguió, apretó los dientes, se “cambió de acera” y entró celebrando con más rabia que alegría una victoria que le convierte en leyenda dentro del ciclismo español. dos victorias, tres podios en tres años en una carrera que ninguno de “los nuestros” ganó antes. y no será que no tuvieron tiempo. 116 años son muchos. Alejandro Valverde también.

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25 de abril de 2008

¿el principio del motín?

una breve nota para aplaudir el fichaje de Basso por Liquigas, equipo que acaba de ganarse la simpatía que merecen todos los rebeldes que se levantan contra los tiranos.

según esa estupidez supina del código ético, criatura nacida de la mente enferma de algún acomplejado, Basso, cuya sanción expira en octubre de 2008, tendría que pasarse otros dos años más sin correr en equipos pro-tour bajo la premisa de... no sé sabe que absurda premisa.

al margen del comportamiento de Basso en estos años, de lo que haya hecho o de lo que pueda hacer en el futuro, al margen del interés de Liquigas por un corredor enorme al que todavía pueden sacar mucho provecho, al margen de este tipo de consideraciones más particulares del caso concreto, la lectura que conviene hacer es la del significado del acto dentro del contexto. la de la sublevación manifiesta que supone fichar a un corredor contraviniendo las normas UCI. ojalá cundiese el ejemplo entre el resto de equipos y el fichaje de Basso se convirtiese en el principio de un motín. ojalá todos los no-imputados de la OP pudiesen correr en equipos pro-tour. ojalá no existiese el pro-tour. ojalá las carreras decidieran por si mismas quién corre y quién no. ojalá los organizadores de esas carreras no fueran los fanáticos del bando contrario y Contador pudiese correr el Tour.

pero mientras todo esto no suceda pues nos hacemos un poco más de Liquigas, como nos hemos hecho para siempre de Contador, de Valverde o de Bettini, entre otros, y nos ponemos de su lado, del lado de los insurrectos, de los héroes. porque al final, hagas lo que hagas sólo te queda tu honor. y aquí todos sabemos donde está, quién lo tiene y lo tendrá siempre, quién lo dilapidó y quién ni siquiera se acercó jamás a tenerlo.

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18 de abril de 2008

el orgullo de El Grillo

leo en todociclismo.com que Bettini quiere correr el Giro del Trentino. hasta aquí no parece nada extraño, ni siquiera parece una noticia. de hecho, la noticia se convierte en tal al saber que no hace ni dos semanas que Bettini se cayó en el transcurso de una etapa de la Vuelta al País Vasco fracturándose una costilla. así que la supuesta no-noticia de la reaparición inmediata de Bettini (el Giro del Trentino comienza el 22 de abril) me deja relativamente perplejo. perplejo porque estás demostraciones de pundonor y profesionalidad, tan comunes entre cierto tipo de ciclistas, nunca dejan de sorprenderme. parece como si siempre hubiese un nivel más en la escala del sufrimiento, que estuviesen dispuestos a afrontar. relativamente porque, seamos sinceros, no es el primero ni será el último ciclista que se enfrente a desafíos de esta magnitud.

Bettini es un campeón. y aquí lo importante es el artículo indeterminado. no porque signifique que es uno entre varios. lo es porque lo que ese artículo pone de manifiesto es que al gran Paolo no le hace falta ganar nada, no necesita un maillot que le acredite como vencedor de nada, es un Campeón mayúsculo, perpetuo.

hace dos temporadas, unos días antes de la celebración del Giro de Lombardía, Paolo Bettini pasó por el trago más amargo de su vida cuando supo de la muerte de su hermano mayor, Sauro, en accidente de tráfico. aquel día, el de la carrera, un Bettini hundido, destruído, al borde de la retirada del ciclismo, se ganó para siempre algo más que el respeto de los amantes del ciclismo. su demostración de valor y arrojo, atacando sin compasión, sin volver la vista atrás, su escalofriante descenso en pos de una victoria que no era una victoria sino una huída imposible tras la desgracia y sobre todo, sobre todo, su entrada en meta, llorando y señalando al cielo, nos conmovió y nos ganó para siempre. desde aquel día, aquí somos de Bettini. por encima de cualquier competencia, somos de Bettini. aunque no siempre queramos que gane (porque también somos de Valverde, de Freire, de Flecha...) somos de Bettini. y es que, desde aquel día, desde antes también pero sobre todo desde aquel día, no hemos hecho otra cosa más que asistir a lecciones, a gestos por su parte, de infinita honestidad y respeto por este deporte (inolvidable su victoria en el Mundial del año pasado y su respetuoso desacato a los gerifaltes de la UCI en el podio). lo mejor de su empeño en disputar la Lieja-Bastoña-Lieja, es que estamos convencidos de que no será la última vez que veamos a Paolo Bettini superar una adversidad mayor que él, una adversidad inabordable para el común de los mortales. pero no para el orgullo herido de El Grillo.

ojalá gane Valverde la Lieja pero ojalá la gane Bettini.

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17 de abril de 2008

ça, c'est arenberg

cuando los jugadores del Liverpool van a saltar al césped de Anfield, pasan por debajo de un letrero con el escudo del club y la leyenda “this is Anfield”. todos y cada uno de ellos "pierden" un instante en besarse la mano y tocar el cartel en señal de respeto. Inglaterra venera (y explota), como nadie, toda la mitología y liturgias que pueden rodear al deporte.

si a los ciclistas que participan en la París-Roubaix les diera tiempo a realizar el mismo gesto, tal vez alguien debería tener la feliz iniciativa (la idea es mía) de colocar, a la entrada del bosque de Arenberg un cartel similar que rezase algo así como “ça, c’est Arenberg”, lo que es lo mismo, “esto es Arenberg”. porque Arenberg, su bosque, el mítico Trouée d’Arenberg es un lugar tan sagrado para el ciclismo como Anfield lo pueda ser para el fútbol.

el domingo pasado estuvimos en Arenberg. en el bosque. en esa enorme recta de casi dos kilómetros y medio de adoquinado. estuvimos en Arenberg y vimos pasar a los ciclistas, descontrolados, rebotando con sus bicis sobre el pavés. estuvimos en Arenberg y vimos a Cancellara, a Boonen, a Flecha (¡qué grande!) y también "vimos" a Merckx, a Musseuw, a De Vlaeminck… yo pensé mucho en Coppi (pero es que yo siempre pienso mucho en Coppi) y debí de repetirle a mi hermano como unas quince mil veces que me parecía increíble que por allí pudiese circular una bici de carretera. me sentí tan pequeño con mis diminutas batallas perdidas a cuestas…

Arenberg es Anfield. Arenberg es la leyenda de este deporte. Arenberg es la épica, la mitología, el drama, el templo sagrado donde nada vulgar acontece. Arenberg simboliza, como ningún otro lugar los límites que puede alcanzar la más deliciosa y absurda locura que es el ciclismo. porque Arenberg es la París-Roubaix y la París-Roubaix es el ciclismo en su esencia más pura, una lucha sin mayor sentido que la propia lucha.

de todos los sobrenombres con que se conoce a esta carrera, “el infierno del norte”, “la reina de las clásicas”, “la dura de las duras”… el más acertado tal vez sea el de “la última locura”. porque no es más que eso, la última locura, el último vestigio de una era dorada en la que lo absurdo, lo irracional era lo único que tenía sentido. en la París-Roubaix como en ninguna otra carrera, en Arenberg como en ningún otro lugar, sólo ahí, uno tiene la sensación de estar viendo ciclismo en sepia, ciclismo de cuerpos retorcidos y rostros enjutos, de estar asistiendo a una lucha que es todas las luchas.

y es que, Mesdames et Messieurs, ça, c’est Arenberg.

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1 de agosto de 2007

el mismo vacío de todos los veranos

son los últimos días de julio y de repente la vida parece quedar suspendida. los círculos de amigos y conocidos se dispersan huyendo hacia el lugar de vacaciones como el que viaja en pos de la tierra prometida. los que buscan casa o trabajo posponen esa búsqueda para los primeros días de septiembre. las tiendas donde compramos habitualmente han cerrado y las calles de las grandes ciudades se han quedado semidesiertas. durante al menos quince días apenas se logra conciliar el sueño. la vida en general, parece ralentizarse hasta casi detenerse.

y en medio de este sopor, un lunes nos despertamos y desayunamos con el periódico del día y en la portada, siempre en la portada, alguien sonríe, vestido de amarillo y al fondo intuimos, difuminada, la silueta del Arco del Triunfo de París. el chico-hombre de la portada es el ganador del Tour de este año, a veces novedoso, a veces repetido, tres, cinco... siete veces. pero en realidad nos da un poco igual quién sea porque lo verdaderamente importante es qué es. y es el Tour de Francia. que se ha terminado. atrás queda ya el rumor lejano que producía a primeros de junio, cuando empezaba a vislumbrarse su comienzo, cuando salían las listas definitivas de los equipos que iban a participar y las consultábamos ansiosos, reelaborándolas a partir de nuestras irrefutables opiniones construidas a lo largo de cuatro larguísimos meses de competiciones y carreras.

poco a poco el rumor se iba transformando en estruendo, como el que producen cualquier cuerpo con una masa descomunal, desplazándose. un mes, quince días, una semana... un extra recoge un análisis detallado hasta el absurdo del perfil de las etapas. nuevas ansias, éstas intentando localizar los puntos clave de la carrera de este año. esa contrarreloj antes de la montaña, las llegadas en alto, ¿más duros Alpes o Pirineos? las etapas de media montaña. El recuerdo de otros Tour que fueron y nos dejaron un poso de sabiduría que ha ido forjando nuestro conocimiento. con suerte, hasta podemos buscar un punto preciso, tal vez dos, desde donde seguir la carrera en directo. una idea fugaz y arrebatadora de estar en París el último día si gana... él.

y un sábado, después de comer, en un mes en el que nunca pasa nada, pasa el Tour y entonces la vida se estructura alrededor de esas dos horas de televisión. por la mañana volamos de una tarea a otra, tal vez pidamos salir antes del trabajo un par de días, alguno incluso ha cogido las vacaciones en esa semana que el Tour pasa por los Alpes. comemos y el café (con hielo) se nos acaba mientras la etapa del día se consume. termina y hacemos balance, con la etapa del día siguiente, eso si, muy presente. es la primera semana y vale con no caerse, con no quedarse cortado. llega la contrarreloj. la montaña. alguien queda en evidencia mientras uno de los fugados de la primera semana aguanta más de lo previsto. ¿será el Walkowiak de este año? ¿el Chiappucci de 1990?

y sin darnos cuenta nos encontramos en pleno nudo gordiano de la carrera y apenas quedan corredores con posibilidades reales de ganarla. el Tour se nos está escapando, aunque aún no somos conscientes porque estamos inmersos por completo en él, entre momentos de máxima euforia, de absurda tensión, de profunda decepción. el Tour se nos está escapando, como todos los años y otro sábado, sólo han pasado tres desde el primero pero parece que fue hace seis meses, nos sentamos como todos los días ante el televisor y paladeamos el sabor agridulce que tiene la que sabemos a ciencia cierta que será la última batalla, la contrarreloj del penúltimo día. del Tour ya sólo queda un hilo. un hilo que es una carretera por la que el domingo por la mañana, hasta la hora de comer, transita un pelotón exhausto y feliz, todos los líderes de las distintas clasificaciones, en cabeza. la foto. y justo a la hora de la sobremesa les vemos acercarse a París. el equipo del líder en cabeza. es la tradición. primero es el Sena, luego la Torre Eiffel al fondo, ligeramente escorada a la derecha. más tarde la Plaza de la Concordia y los Campos Elíseos, son muchos Tours. están en París. ahora sí. estamos en París, que nosotros, desde el sofá de casa, también hemos hecho el viaje de veintiún días con ellos. unas cuantas vueltas, por favor, que nos resistimos a que esto se termine así. un intento de fuga, una leve inquietud por si algo que nunca ha cambiado cambiará ese día ¿atacará el segundo? un sprint, varias celebraciones, un podio, al fondo el Arco del Triunfo.

es el Tour, que se ha terminado y nos ha dejado un vacío absurdo que sólo podremos llenar del todo once meses después.

pero eso lo sabremos el lunes, desayunando, porque esta tarde aún nos queda París y un montón de imágenes que mañana serán recuerdos.

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17 de julio de 2007

hoy se subía el Galibier

hoy se subía el Galibier. a los aficionados menos familiarizados con la historia de este deporte quizá no les suene tanto como otras cimas con mayor repercusión mediática, como tal vez le suenan Alpe d'Huez, Mortirolo, Angliru o Tourmalet.

hoy se subía el Galibier. y además se hacía por su lado más complicado, enlazando con la subida del Télégraphe. es curioso porque, teóricamente, son dos puertos distintos, desde Saint-Michel-de-Maurienne se asciende hasta coronar el Télégraphe, luego se desciende durante algo más de tres kilómetros hasta Valloire para desde allí afrontar la subida al Galibier. pero esta división, geográfica, nominal y administrativa, no es real, no dentro del mundo del ciclismo. no desde luego en el Tour. en el Tour el Galibier se empieza a subir en Saint-Michel-de-Maurienne y se termina treinta y cinco kilómetros después, más de mil novecientos metros más alto que cuando se empezó.

hoy se subía el Galibier y aunque no sea la cima más famosa del ciclismo, aunque tampoco sea la más dura o la más alta, es el Galibier. y su sola mención ya posee una capacidad evocadora como pocas. el Galibier es la Historia, mayúscula, del Tour. fue de los primeros puertos alpinos en ascenderse, allá por 1911. su descenso, el mismo por el que han bajado hoy los corredores, se cobró la primera víctima mortal del Tour, un español, Paquillo Cepeda. el Galibier ha sido escenario, testigo mudo y juez impasible de las más épicas batallas que esta carrera haya dado. estaba ahí ya cuando Coppi y Bartali dirimían una rivalidad que trascendió el deporte para convertirse en una contienda política y social, en la carretera. siguió ahí para ver pasar a Gaul, Bobet o Bahamontes, a Anquetil y Poulidor dividiendo Francia, al gran Merckx asaltado por Ocaña, a Hinault y LeMond, a Perico, a Fignon. el Galibier coronó los cinco tours de Indurain o los siete de Armstrong y en sus cuestas, hacia arriba y hacia abajo, en medio de los dos últimos dictadores que ha tenido esta bendita carrera, Pantani, el último héroe, el Pirata que volaba como un Ángel, regaló la mayor gesta, la más bonita vista en las últimas décadas de ciclismo.

en el tour del 98, en el Tour del "caso Festina", cuando todo parecía que se iba a acabar, Pantani apareció en un día dantesco, gris, lluvioso, frío... apareció en el Galibier y le dio la vuelta a la clasificación, se catapultó al liderato, hundió a Ullrich, tal vez para siempre, rescató al ciclismo de las cloacas y lo subió al cielo, concretamente a 2645 metros de altura. nos devolvió a un ciclismo antiguo, generoso, épico, sin viaje de vuelta... de leyenda. un ciclismo en blanco y negro, en sepia. un ciclismo de héroes convertidos en dioses. y eso sucedió en el Galibier, donde sólo pueden pasar cosas grandes, desproporcionadas. por eso, cuando la carretera gira en Saint-Michel-de-Maurienne, cuando se cruza el río y se inicia la ascensión, independientemente de cuanto quede de etapa, de Tour, de cual sea la situación de la clasificación general, un hormigueo de incertidumbre y emoción recorre a corredores, aficionados y directores. porque todos tienen la certeza de que treinta y cinco kilómetros más tarde, algo habrá cambiado, tal vez para siempre, como le pasó al bueno de Ullrich o al bueno de Cepeda. ya se sabe, es el Galibier, siempre ha estado ahí, desde el principio de todo. y siempre estará. y todos nosotros, ciclistas y aficionados, no somos más que efímeras esquirlas desprendidas de su salvaje naturaleza de piedra y arena. sólo eso.

hoy se subía el Galibier. y no hay más que decir.

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1 de mayo de 2007

comienza la ascensión

corren buenos tiempos para el aficionado al ciclismo. quizá no tanto para el profesional pero si para el aficionado. alejado del colorido y exuberante glamour de la F1 o del motociclismo, del alcance universalmente trans-deportivo del fútbol o de la elitista consideración cultural del baloncesto; portada de diarios y cabecera de noticiarios sólo cuando es sacudido por algún escándalo de doping; objeto de continuos agravios televisivos en sus retransmisiones, el ciclismo es el gran paria de los deportes de masas.

pero el mal que aqueja al ciclismo no es sólo externo. de hecho, quizás el mayor daño que se le ha hecho y se le hace al ciclismo desde hace años es endémico. los más altos estamentos andan más de un lustro sumidos en una lucha de poder sangrante que amenaza, por encima de personalidades y cargos, a carreras y corredores. estos, por su parte, viven instalados en el victimismo, el corporativismo mal entendido y, paradójicamente, en la desunión. se quejan de tratos vejatorios y discriminatorios respecto a otros deportistas pero, al margen de si estas consideraciones son o no ciertas, consienten, se quejan a medio voz y con desgana para cuando uno de los suyos es cazado agachar la cabeza, transmitiendo al observador externo la sensación de que lo único que pasa por su cabeza es por esta vez me libré. luego, cuando alguien se atreve a salir a denunciar (caso Manzano, caso Simeoni, caso Festina...) queda aislado y repudiado. el criminal es el chivato, no el tramposo.

en este estado de cosas, las marcas comerciales, los patrocinadores, huyen despavoridos. el señor Verbruggen, el señor McQuaid y sus acólitos, directores deportivos de dudosa catadura moral como Patrick Lefèvre o el nefasto Manolo Saiz, se sacan de la chistera un invento como el UCI ProTour que, lejos de cumplir sus radiantes premisas (los mejores corredores en las mejores carreras) amenaza con exterminar toda la clase media del ciclismo, esto es, carreras que quedan fuera de "su" calendario y equipos y corredores para los que estas carreras representaban su modus vivendi, su razón de ser. así, sólo en España y en un año han desparecido la Setmana Catalana y la Vuelta a Aragón. este año parece ser que no se correrá tampoco el GP de Zürich. esta prueba, se disputaba desde 1914 y ni siquiera fue interrumpida por la II Guerra Mundial. donde no llegó la mano de Hitler, llega la de McQuaid y compañía.

¿y cómo puede resultar todo este contexto bueno para el aficionado, tal y como afirmábamos al principio? un aficionado que tiene que soportar el mismo e hiriente discurso cuando pone de manifiesto su pequeña pasión, sea en el entorno que sea y que se sostiene bajo la premisa de pero como te puede gustar si esos van todos puestos, hasta arriba.

pues nos gusta, sí, aunque sospechemos. nos gusta y lo defendemos porque el ciclismo es más, muchísimo más que un grupúsculo de arribistas mafiosos, médicos sin escrúpulos, indecentes directores, endebles cobayas o ídolos caídos. el ciclismo ha dado alguno de los momentos de mayor carga emotiva, de mayor belleza y mayor épica de la historia del deporte de élite. el ciclismo, su práctica, es sacrificio, esfuerzo y dignidad. encierra en sus entrañas algunos de los valores más dignos de la condición humana y el que lo practica tiene la sensación de aprender en la carretera lecciones para la vida cotidiana que lo hacen mejor persona. pero es, por encima de todo, la lucha de uno mismo contra los elementos y contra los propios límites. es la búsqueda infructuosa y satisfactoria del sentido absoluto de aquello que carece completamente del mismo.

por eso son buenos tiempos para el aficionado. porque lo que busca cualquier buen amante del ciclismo es el siguiente escalón, el nivel más alto de exigencia, la máxima dificultad. y esta puede ser una rampa del 11%, un descenso con lluvia o un tramo de pavés de cuatro kilómetros pero también una grave crisis que amenace con destruir aquello que ama. es entonces momento de alzar la mirada y armarse del convencimiento necesario para afrontar el reto, con la seguridad de que acabaremos triunfantes al otro lado. como siempre lo hemos hecho, como siempre nos enseñaron otros que debíamos hacerlo.

dicho esto, comencemos pues...

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